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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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No MÁS SOLITARIO 




IVÍavo 10 Carlm Alberto Casillas vive en Verarruz. México 



México 



La vida de Alberto ha sido difícil y 
triste. Como hijo único de una 
familia con problemas de comunica- 
ción, a menudo se sentía infeliz y solita- 
rio. Se consideró más aislado aún cuan- 
do rehusó aceptar las drogas que le ofre- 
cieron sus compañeros de clases. Se le 
habría hecho fácil meterse en el mundo 
de las drogas, pero Alberto sabía que allí 
no encontraría la solución de sus proble- 
mas. El comprendía que si no se respe- 
taba a sí mismo, tampoco los demás lo 
respetarían. Tenía razón, pero no podía 
vencer su sentimiento de soledad. 

Cuando Alberto tenía quince años, su 
padre abandonó el hogar. El joven se 
sintió desbaratado. Su madre estaba 
demasiado atareada para ocuparse de él, 
ya que debía luchar con su propia 
angustia y trabajar para suplir las necesi- 
dades de Alberto y de la abuelita. 

La mamá trabajaba como enfermera 
para una familia con un hijo que sufría 
de una severa lesión cerebral. A menudo 
Alberto se detenía en esa casa, después 
de salir de clases, y esperaba que su 
madre terminara el trabajo del día, para 
caminar con ella de regreso al hogar. A 
veces, la familia del niño enfermo le 
hablaba de Dios a Alberto. Le dijeron 
que Dios es amor, y Alberto escuchó 
esas palabras con tantas ansias como 
cuando un alma sedienta percibe el 
sonido del agua. 

Alberto deseaba conocer mejor a 
Dios; quería saber si Dios de veras se 



interesaba en un muchacho perdido y 
solitario. La familia del enfermo lo invi- 
tó a visitar su iglesia, y él aceptó. Pero se 
sintió incómodo en medio de personas 
que actuaban de manera tan extraña 
como parte de su adoración. Luego uno 
de los miembros de la congregación le 
dijo que si no hablaba en lenguas era 
evidencia de que no conocía a Dios, y 
terminaría en el infierno. Esto aterrori- 
zó al joven, quien razonó que su vida ya 
era un caos, y no se creía capaz de lidiar 
con una religión caótica. Entonces deci- 
dió esperar hasta tener más edad y 
poder así comprender mejor estas cosas. 
No obstante, todavía anhelaba conocer 
a Dios. 

Una respuesta a la oración 

Un tiempo más tarde una familia 
adventista visitó a la familia de Alberto. 
Vivían en el vecindario e invitaron a la 
mamá de Alberto, a la abuelita y al joven 
para que asistieran a una serie de reunio- 
nes que tendrían en su casa. Alberto y la 
mamá fueron a la primera reunión; pero 
la madre todavía se sentía demasiado 
estresada por la pérdida de su esposo y el 
cuidado del muchacho y la abuelita, 
como para continuar asistiendo. 

Alberto siguió frecuentando las reu- 
niones, pero algunas cosas lo confundí- 
an. La gente estudiaba el libro de 
Apocalipsis, un libro que él nunca había 
leído. Además, hablaban de la impor- 
tancia de guardar los Diez Mandamien- 



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tos; pero el joven recordaba que en la 
otra iglesia enseñaban que los Diez 
Mandamientos ya habían sido abolidos. 
^Por qué las dos iglesias tienen que ser 
tan diferentes? se preguntaba Alberto. 
^Cuál de las dos está en lo cierto? Pero 
continuó asistiendo a las reuniones, 
buscando algo — o mejor dicho buscan- 
do a Alguien — en quien pudiera con- 
fiar para que le mostrara el camino que 
debía seguir. 

Luego Alberto conoció a Jorge, un 
joven con quien le pareció que podría 
amistarse. Jorge le ofieció estudiar la 
Biblia con él, y Alberto aceptó. Tal vez 
Jorge le podría ayudar a descubrir quién 
es Dios y qué espera de él. 

La madre acompañó a Alberto y Jorge 
durante los estudios bíblicos, pero la 
abuela rehusó unirse con ellos. Se senta- 
ba sola en su cuarto cada vez que Jorge 
llegaba. Alberto aceptó cada una de las 
nuevas verdades. Sin embargo la mamá 
siguió trabajando los sábados porque le 
costaba creer que Dios pudiera desear 
que abandonara el empleo que sustenta- 
ba a la familia. 

Alberto comenzó a asistir a los servi- 
cios de adoración que se celebraban en 
la casa de Jorge. Allí encontró paz y una 
tranquila seguridad que alimentaba a su 
alma. Pero su mamá preparaba comida 
y vendía los alimentos en sábado. Para 
ello necesitaba que Alberto le ayudara a 
entregar los pedidos. De mala gana el 
joven obedecía a su madre y entregaba 
los alimentos en sábado. Alberto asistía 
a la iglesia únicamente los sábados cuan- 
do su mamá no preparaba comidas. 



Una familia unida 

En el hogar no había paz: la madre y la 
abuela de Alberto discutían mucho. 
Cierto día la mamá le dijo a su hijo que 
anhelaba profundamente hallar paz para 
su vida. El le contestó que había encon- 
trado paz mientras adoraba a Dios en 
compañía de los otros creyentes, y le 
sugirió que adoraran juntos al Señor los 
sábados. Ella estuvo de acuerdo. 

Pocas semanas más tarde asistieron 
juntos a una serie de reuniones evangeli- 
zadoras. En el transcurso de una de ellas 
la madre se puso a llorar. En voz muy 
baja le dijo a Alberto que se sentía como 
si nadie la amara. El joven le contestó que 
Dios sí la amaba. Al final de esa reunión 
su mamá le suplicó a Jesús que la acepta- 
ra como hija suya. 

Para sorpresa de Alberto, su abuelita 
comenzó a estudiar la Biblia. Al cabo de 
varios días dejó de discutir por cuestiones 
religiosas y empezó a frecuentar los cultos 
adventistas. Ella también le dio su vida a 
Cristo. Entonces la madre, la abuelita y 
Alberto fueron bautizados juntos. 

— ^Ya no soy más un muchacho solita- 
rio — testifica Alberto — . Nuestra familia 
vive en paz y está unida por los lazos de 
nuestra fe en Dios. 

La iglesita de Alberto cuenta con 26 
miembros. Ya no caben en la casa donde 
se congregaban, pero no tienen un edificio 
de iglesia. Se reúnen debajo de una lona 
en el patio de la casa de Alberto. Están 
orando para que la ofrenda del decimoter- 
cer sábado de este trimestre les ayude a 
comprar un terreno y construir una iglesia 
donde puedan seguir creciendo. 



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